| Factores
protectores y Factores de Riesgo: otro modo de pensar
el destino de un niño
Estamos habituados a mirar los problemas
sociales usando un modelo relativamente rígido
basado "primordialmente" en el concepto de
factores de riesgo.
Se entiende por factor de riesgo a
cualquier característica o cualidad de una persona,
comunidad o del entorno, que se sabe va unida a una
elevada probabilidad de dañar la salud. En virtud
de este esquema solemos pensar que, si una persona está
expuesta a varios factores de riesgo, es muy probable
que enferme. Sin embargo, en las últimas décadas,
un concepto nuevo cobra relevancia en el campo de la
salud y la educación: el de los factores protectores.
Este enfoque amplía el campo de análisis
de los factores de riesgo, complementándolo con
el de factores de protección.
Los factores protectores son los aspectos
del entorno o competencias de las personas que favorecen
el desarrollo integral de individuos o grupos y pueden,
en muchos casos, ayudar a transitar circunstancias desfavorables.
El balance de ambos permite considerar el grado de vulnerabilidad
al que está expuesto una persona o institución.
A diferencia de lo que se cree habitualmente, una gran
parte de las personas que durante su infancia y adolescencia
padecieron un hogar con vínculos violentos, cuando
llegan a la vida adulta, no sólo no repiten el
modelo, sino que logran conectarse con sus propios hijos
de una manera comprensiva sin reproducir el maltrato
. ¿Cuál es la explicación? La influencia
positiva de ciertos factores de protección que
disminuyeron el impacto del daño y les ofrecieron
una alternativa mejor. Los estudios realizados sobre
historias de vida de las personas que se recompusieron
de experiencias traumáticas infantiles, tienen
un punto en común: contaron con algún
adulto que, en el momento más necesario, les
brindó afecto, los respetó y les devolvió
una imagen valorizada de sí mismos.
Incluimos la perspectiva de la resiliencia con el fin
de poner a su disposición un marco desde el cual
reconsiderar el rol que puede jugar un maestro en la
vida de un niño expuesto a violencia doméstica.
Este docente, a su vez, actuará en mejores condiciones
si se desenvuelve en una institución que lo contenga
a él cuando interviene.
Entre los factores de riesgo que pueden perpetuar
el ciclo de la violencia en el hogar, encontramos: el
aislamiento del niño respecto de las redes sociales
que podrían protegerlo, el silencio o la negación
del problema que padece, la “naturalización”
de determinados hechos violentos por parte de la sociedad
o la comunidad en la que vive y el sentimiento de culpa
por el cual el chico se siente merecedor del castigo
que recibe.
Los principales factores de protección,
por el contrario, consisten en: la existencia de redes
de contención (podrían estar conformadas
por otros miembros de su familia o instituciones capaces
de detener el maltrato por vías educativas o
judiciales), las acciones que estimulen la autoestima,
la confianza en sí mismo y el reconocimiento
de que se tiene derecho a ser querido
por el solo hecho de existir. La acción eficaz
de un adulto significativo –como puede ser el
caso del docente– puede ayudar al alumno a resignificar
su realidad desde una configuración nueva, permitiéndole
evitar la repetición del modelo violento. El
impacto de la intervención institucional sobre
la vida del niño o joven maltratado, trasciende
el momento circunstancial del episodio violento.
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